Caminar con un perro es, en esencia, una conversación constante a través de la correa. Muchos dueños y paseadores viven el paseo como una lucha de poder, pero la realidad es que el perro no aprende por quién tiene más fuerza, sino por lo que sucede inmediatamente después de sus actos. Para que un perro aprenda a ir tranquilo, hay que entender que los cuatro cuadrantes del condicionamiento operante no ocurren por separado; en la calle, todo se mezcla en un mismo segundo.
Lo interesante viene cuando el perro entiende esto y decide dar un paso hacia ti para que la correa se afloje. Ahí ocurre un reequilibrio también doble. Primero, siente el alivio inmediato de que la tensión desaparece de su cuello; eso es Refuerzo Negativo (R-), que es retirar lo que le incomoda. Y segundo, en cuanto la correa queda floja y tú reinicias la marcha, le estás dando el Refuerzo Positivo (R+) de volver a caminar, que es lo que él buscaba desde el principio.
Esta no es una técnica milagrosa ni el único método que existe; es simplemente lógica pura aplicada a la conducta. Como entrenador, paseador y como dueño de perro, te digo que esto te quita un peso de encima. No hace falta andar bravo, ni gritando, ni frustrado. Tú simplemente eres el que gestiona las consecuencias: si hay tensión, el mundo es incómodo y se para; si hay calma, la molestia se va y seguimos adelante.
Al final, lo que buscamos es que el perro sea el que gestione su propia impulsividad. Que él entienda que tiene el control de su bienestar según las decisiones que tome. Cuando dejas de pelear con la correa y empiezas a usar esta dinámica de forma natural, el paseo deja de ser un estrés para convertirse en lo que debe ser: un momento de conexión y equilibrio entre tú y tu perro.

